26.11.13

Aniversario II

Mi padre es famoso en el mundo del arte. Y en la Italia de Il Cavaliere es de esos pintores con que concluyen los telediarios cada vez que subastan uno de sus cuadros. Para que la gente entienda que su vida vale menos que el capricho de un rico.
Antonio Zereni, el Modigliani del Neoexpresonismo. Su fotografía cuelga este mes como una bandera fascista de la fachada del Museo de Arte Moderno de la Villa de Milán. En el cartel parece Napoleón pintado por Louis David. La exposición celebra el 20 aniversario de su muerte. Vendrá a París, tarde o temprano.

Yo soy la niña de su serie Marionette. Él es mi papá, Tono. 

Marionette eran llamados los frailes que ponían voz a la Virgen María en las representaciones populares. Después sirvió el nombre a las voces agudas de unos muñecos, personajillos que representaban su papel hablando con una entonación obligadamente falsa, deleitando a niños y mayores con su cachiporra que blandían a diestro y siniestro sobre todo contra los símbolos de la autoridad.
En los cuadros de Marionette estoy sola o acompañada de algún muñeco o algún mayor, que en un caso era Tono. Recuerdo de ese cuadro con mi padre la intriga de cómo podía posar junto a mí pintando a distancia. A veces posaba durante horas hasta quedarme dormida. En uno de los cuadros más bonitos duermo.
En el mundo que mi padre me representaba como la realidad no existía nada que no fuera fundamental. Los muñecos y las personas se me presentaban como personajes llenos de misterio y glamour. Los travestis alcohólicas, las yonquis y prostitutas, viejas amigas todas que posaban desnudas para Tono eran reinas del arrabal que enseñaban a mi padre un secreto. Un secreto que se escondía en el cuadro. Yo me pasaba horas y horas mirando sus lienzos a medio pintar, esperando la revelación en mis ojos, no como un Eureka fruto de mi reflexión, sino más bien como una secreción del mismo cuadro. Una vez me terminé una botella sospechando que ese jarabe insalubre permitía a los borrachos ver el más allá.

Observaba el mundo feliz entre los velos imaginarios con que las hadas ahora sé que se sirven para transparentar su faz. El mundo me sonreía a través de la inmensa fantasía de mi padre. Su sonrisa era, es el arco iris.

Dice la leyenda que Guiñol era un canut, un trabajador de una fábrica de hilo de seda de Lyon durante recién acabada la Revolución Francesa. Lucía el bonete con una trenza e iba ataviado con una chaqueta corta. Su amigo Gnafron casi siempre estaba borracho y su mujer, Madelon se cubría con un pañuelo la cabeza. Solían los tres llevar preparada la porra bajo el brazo, porque los encuentros con sus enemigos, el Juez y el Gendarme, siempre terminaban a cachiporrazos. Era una exigencia de su público al que día tras día divertían desde detrás del mostrador de un dentista modesto llamado Laurent Mourguet, que trataba de atraer clientes animándoles a pasar el trance del dolor, que debía ser grande antes de la anestesia, con las aventuras de sus diminutos amigos. Grandes y pequeños se desternillaban con las andaduras llanas, ácidas y festivas de estos tres héroes que terminaban siempre, para alegría de todos, cachiporreando al entonces todavía joven poder público.
Así, los polichinelas siguieron insinuándose tras sus máscaras, vistiendo sus cuerpos de madera entre las multitudes.

Pola ha nacido en tierra de marionetas y sé que los conoce en persona. Me llevó con Eila a ver La Triviatta, ópera para Marionetas en Praga, concediéndome de paso el sucio placer que tanto fastidiaba a Xavier de fingir por un rato el papel de la joven madrastra. Pola nos contó esa noche, en un sótano poco iluminado, que una de las habitaciones ocultas del Louvre esconde un diminuto castillo, un reino de pequeñas hadas a resguardo del smog racionalista que todavía guía la vida, el tráfico de París. En ese cuarto, en un mueble de cajones, él, Aníbal, Charo y Gabrielle encontraron despiezadas una marioneta con la forma de cada uno de ellos, y cerca estuvieron de ocupar esos nuevos cuerpos de madera.
Pola sabe esconder algo poniéndolo a la vista. Mi especialidad es ver esas cosas que se ocultan a la vista de todos. Por eso a veces encuentro por error cosas que esconde de la vista de cualquiera. He ojeado en su casa buenas ediciones sobre estas criaturas enmascaradas que miran de reojo a un punto misterioso. 

Tono era tan putón como pueda serlo Pola, pero a diferencia de mi amigo, que porta una capa de temor reverencial hacia lo que hay detrás con la que se cubre si es necesario, mi padre caía en todas y cada una de las trampas que tiende la imaginación al curioso. Contenerse no estaba en su naturaleza. Se lanzaba a imaginar como un pájaro a volar, o más bien como un cachalote a la profundidad del mar. 
Mi madre me utilizó de lanza para separarse de él. No soportaba, creo, el fondo al que la llevaba Tono cuando la engullía. He entendido con los años que el amor por mi padre arrastró a mi madre hasta la locura, que la inteligencia de ella no pudo abordar la demencial fascinación que sentía hacia él, que su demencia la desbordó. Y que como en la mayoría de matrimonios yo me convertí, de una forma retorcida, en un campo de batalla para una guerra de exterminio.Trato de tomar conciencia de esta injusticia con mi madre para algún día así poder perdonarla.  Sé esto, pero siento debilidad por él. Y esa debilidad mía la utilicé contra ella, uniéndome a la perversión familiar. Sólo espero que mi medio hermana Cécile haya sido más inteligente que yo y no haya tragado nada de ese veneno. 

Ni por asomo mi madre ni ningún adulto podía seguir a mi padre en sus viajes bohemios. Sus mejores cuadros fueron fruto de borracheras, infidelidades y cuentos infantiles que sólo yo conozco porque después él nunca se acordaba. Las mañanas despejadas miraba sus cuadros sin recordar nada, como si fueran el fruto de un sueño.

Para Manionette, Tono era, es el Moisés de Miguel Ángel con orejas de gato. El traductor de seres inanimados, el cónsul que trae amables invitados de mundos lejanos. El único que no disimula nunca. El alegre y simpático bufón que pintó en su “Autorretrato con Hija”. ¿Qué veía cuando me miraba atolondrado, tan a menudo? Incluso llegaba a dejar de hablarme lentamente hasta callarse moviendo su cabeza levemente arriba y abajo ¿Fui, soy o debo ser todavía quien veía en mí?

La fantasía de mi madre me arrancó de la fantasía de mi padre. Y las tardes se fueron oscureciendo encerrada durante años oscuros en entrenamientos ideados para animales que no consiguieron hacerme olvidarle.Sólo esperé hasta que lo vi pasar como un cometa que me elevó en una fuga fantástica. Cada uno en su tránsito escapamos con las naves de nuestra niñez.
Me entregó a mi madre a cambio de que pagara sus deudas y retirara una falsa denuncia por secuestro. El acuerdo le permitiría esquivar la cárcel y seguir emborrachándose hasta morir, y le comprometía a alejarse de mí. Cosa que para mi sorpresa, hizo.

¿Dónde estará ahora? Lo miro en sus cuadros, y en mis torpes dibujos de cuando tenía quince años. Y sé que está ahí su secreto.