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Cuentos enterrados vivos

Diarios de Marion

Aniversario II

Mi padre es famoso en el mundo del arte. Y en la Italia de Il Cavaliere es de esos pintores con que concluyen los telediarios cada vez que subastan uno de sus cuadros. Para que la gente entienda que su vida vale menos que el capricho de un rico.
Antonio Zereni, el Modigliani del Neoexpresonismo. Su fotografía cuelga este mes como una bandera fascista de la fachada del Museo de Arte Moderno de la Villa de Milán. En el cartel parece Napoleón pintado por Louis David. La exposición celebra el 20 aniversario de su muerte. Vendrá a París, tarde o temprano.

Yo soy la niña de su serie Marionette. Él es mi papá, Tono. 

Marionette eran llamados los frailes que ponían voz a la Virgen María en las representaciones populares. Después sirvió el nombre a las voces agudas de unos muñecos, personajillos que representaban su papel hablando con una entonación obligadamente falsa, deleitando a niños y mayores con su cachiporra que blandían a diestro y siniestro sobre todo contra los símbolos de la autoridad.
En los cuadros de Marionette estoy sola o acompañada de algún muñeco o algún mayor, que en un caso era Tono. Recuerdo de ese cuadro con mi padre la intriga de cómo podía posar junto a mí pintando a distancia. A veces posaba durante horas hasta quedarme dormida. En uno de los cuadros más bonitos duermo.
En el mundo que mi padre me representaba como la realidad no existía nada que no fuera fundamental. Los muñecos y las personas se me presentaban como personajes llenos de misterio y glamour. Los travestis alcohólicas, las yonquis y prostitutas, viejas amigas todas que posaban desnudas para Tono eran reinas del arrabal que enseñaban a mi padre un secreto. Un secreto que se escondía en el cuadro. Yo me pasaba horas y horas mirando sus lienzos a medio pintar, esperando la revelación en mis ojos, no como un Eureka fruto de mi reflexión, sino más bien como una secreción del mismo cuadro. Una vez me terminé una botella sospechando que ese jarabe insalubre permitía a los borrachos ver el más allá.

Observaba el mundo feliz entre los velos imaginarios con que las hadas ahora sé que se sirven para transparentar su faz. El mundo me sonreía a través de la inmensa fantasía de mi padre. Su sonrisa era, es el arco iris.

Dice la leyenda que Guiñol era un canut, un trabajador de una fábrica de hilo de seda de Lyon durante recién acabada la Revolución Francesa. Lucía el bonete con una trenza e iba ataviado con una chaqueta corta. Su amigo Gnafron casi siempre estaba borracho y su mujer, Madelon se cubría con un pañuelo la cabeza. Solían los tres llevar preparada la porra bajo el brazo, porque los encuentros con sus enemigos, el Juez y el Gendarme, siempre terminaban a cachiporrazos. Era una exigencia de su público al que día tras día divertían desde detrás del mostrador de un dentista modesto llamado Laurent Mourguet, que trataba de atraer clientes animándoles a pasar el trance del dolor, que debía ser grande antes de la anestesia, con las aventuras de sus diminutos amigos. Grandes y pequeños se desternillaban con las andaduras llanas, ácidas y festivas de estos tres héroes que terminaban siempre, para alegría de todos, cachiporreando al entonces todavía joven poder público.
Así, los polichinelas siguieron insinuándose tras sus máscaras, vistiendo sus cuerpos de madera entre las multitudes.

Pola ha nacido en tierra de marionetas y sé que los conoce en persona. Me llevó con Eila a ver La Triviatta, ópera para Marionetas en Praga, concediéndome de paso el sucio placer que tanto fastidiaba a Xavier de fingir por un rato el papel de la joven madrastra. Pola nos contó esa noche, en un sótano poco iluminado, que una de las habitaciones ocultas del Louvre esconde un diminuto castillo, un reino de pequeñas hadas a resguardo del smog racionalista que todavía guía la vida, el tráfico de París. En ese cuarto, en un mueble de cajones, él, Aníbal, Charo y Gabrielle encontraron despiezadas una marioneta con la forma de cada uno de ellos, y cerca estuvieron de ocupar esos nuevos cuerpos de madera.
Pola sabe esconder algo poniéndolo a la vista. Mi especialidad es ver esas cosas que se ocultan a la vista de todos. Por eso a veces encuentro por error cosas que esconde de la vista de cualquiera. He ojeado en su casa buenas ediciones sobre estas criaturas enmascaradas que miran de reojo a un punto misterioso. 

Tono era tan putón como pueda serlo Pola, pero a diferencia de mi amigo, que porta una capa de temor reverencial hacia lo que hay detrás con la que se cubre si es necesario, mi padre caía en todas y cada una de las trampas que tiende la imaginación al curioso. Contenerse no estaba en su naturaleza. Se lanzaba a imaginar como un pájaro a volar, o más bien como un cachalote a la profundidad del mar. 
Mi madre me utilizó de lanza para separarse de él. No soportaba, creo, el fondo al que la llevaba Tono cuando la engullía. He entendido con los años que el amor por mi padre arrastró a mi madre hasta la locura, que la inteligencia de ella no pudo abordar la demencial fascinación que sentía hacia él, que su demencia la desbordó. Y que como en la mayoría de matrimonios yo me convertí, de una forma retorcida, en un campo de batalla para una guerra de exterminio.Trato de tomar conciencia de esta injusticia con mi madre para algún día así poder perdonarla.  Sé esto, pero siento debilidad por él. Y esa debilidad mía la utilicé contra ella, uniéndome a la perversión familiar. Sólo espero que mi medio hermana Cécile haya sido más inteligente que yo y no haya tragado nada de ese veneno. 

Ni por asomo mi madre ni ningún adulto podía seguir a mi padre en sus viajes bohemios. Sus mejores cuadros fueron fruto de borracheras, infidelidades y cuentos infantiles que sólo yo conozco porque después él nunca se acordaba. Las mañanas despejadas miraba sus cuadros sin recordar nada, como si fueran el fruto de un sueño.

Para Manionette, Tono era, es el Moisés de Miguel Ángel con orejas de gato. El traductor de seres inanimados, el cónsul que trae amables invitados de mundos lejanos. El único que no disimula nunca. El alegre y simpático bufón que pintó en su “Autorretrato con Hija”. ¿Qué veía cuando me miraba atolondrado, tan a menudo? Incluso llegaba a dejar de hablarme lentamente hasta callarse moviendo su cabeza levemente arriba y abajo ¿Fui, soy o debo ser todavía quien veía en mí?

La fantasía de mi madre me arrancó de la fantasía de mi padre. Y las tardes se fueron oscureciendo encerrada durante años oscuros en entrenamientos ideados para animales que no consiguieron hacerme olvidarle.Sólo esperé hasta que lo vi pasar como un cometa que me elevó en una fuga fantástica. Cada uno en su tránsito escapamos con las naves de nuestra niñez.
Me entregó a mi madre a cambio de que pagara sus deudas y retirara una falsa denuncia por secuestro. El acuerdo le permitiría esquivar la cárcel y seguir emborrachándose hasta morir, y le comprometía a alejarse de mí. Cosa que para mi sorpresa, hizo.

¿Dónde estará ahora? Lo miro en sus cuadros, y en mis torpes dibujos de cuando tenía quince años. Y sé que está ahí su secreto.

Aniversario

Aniversario: hoy hace dos años que se fue.

 Estaba lleno de contradicciones de lo más idiota: era vergonzoso, orgulloso, enfadadizo, miedica, hortera, tramposo, regruñón, chulo, negociacionista, sumiso, con una memoria selectiva muy delirante, tergiversador y escurridizo en todo lo concerniente a su derecho del honor. Utilizaba su culpa y su vergüenza, como un arma porque lo que a él le gustaba, más que nada en el mundo, era responder a una amenaza con violencia.
 El hecho de que fuera un gigante tullido lo hacía divertido como ser de la naturaleza. Era como ver a un oso vestido de señor. La teoría que se había montado de sí mismo, de sus motivaciones, sus fuerzas y sus debilidades era tan falsa a su ser como su ropa de narcotraficante millonario lo era a su cuerpo monstruoso. Por eso cada vez que viajaba en sueños a encontrarse de tú a tú con yo qué se qué manada de monstruos pervertidos y furiosos volvía ileso, pero con la ropa hecha jirones, como un perro que se escapa de aventuras y vuelve lleno de roña y de pulgas, pero contento, y tú de verlo tan feliz.

Era divertido, y en conjunto ese enjambre de emociones se te acercaba y te sentías bien. Porque en verdad te dejaba sitio bajo su nubecita de tormenta que le seguía a todas partes.

Dejando aparte a Pola, sólo Charo sabía tratar con Aníbal. Charo y Aníbal se ocupaban de que así fuera. Hacían una pareja circense como no habrá otra. Él la respetaba a ella, que se permitía el lujo de hacerle crueldades como una niña con un animal grande. Y ella me respetaba a mí, por eso nunca boicoteó nuestro matrimonio, como lo había hecho unos años antes con su matrimonio anterior, todavía más raro que el nuestro, con nuestra torturada “pitufina”.

Me gustaba su tamaño, grosero, como salido de un cómic de los setenta donde una cosa de los pantanos viola a la prota.

 Pero era el del taller, el orfebre, el tranquilo y tullido orfebre. De ese es del que estaba enamorada.

 No había nadie más.

El homúnculo.

Mi madre veía a los hombres como una deformada subraza a los que la selección artificial había convertido en un bicho grotesco y ridículo.
Cuando era niña me hizo aprender una taxonomía que marcaba unos ejes de coordenadas comportamentales que definían su espacio vital.

 LOS HOMBRES eran: 
1.- Conscientes de su domesticación e inviables en la naturaleza. Si se les deja libres, les atropella un coche o se los come un gato.
2.- Temerosos en el sentido de amilanados, angustiados y angustiosos, asustadizos, cobardes y recelosos.
3.- Caprichosos y mentirosos.
4.- Cortos, en el sentido llano de imbéciles.
5.- Impetuosos, en el sentido de violentos, vertiginosos y furiosos.
6.- Unos lloricas autorreferentes.

Me decía que cuando viera a un hombre comportándose contra una de las categorías, lo haría fingiendo por impulso de otras más despreciables. Si alguien se me presentaba como un hombre caval e inteligente era fácil que mintiera para conseguir un capricho.
Yo sabía que lo decía por despecho, que era una forma de castigarme porque yo adoraba a mi padre -un borracho sin remedio- y por despreciarla a ella. Mi madre era una loca que escupía contra el viento a mi costa y por supuesto siempre tomé sus teorías con asco expresándole mi vergüenza ajena siempre que tenía la ocasión.
No puedo evitar pensar en mi madre cuando la gente se comporta conforme a sus esquemas. Quiero creer que las más de las veces lo hacen por miedo al ridiculo. Como si hubiera un observador, un niño más fuerte y curel que ellos que se ríe si se comportan de forma altruísta, sensible, sincera, buena o bella. Mi madre nunca me hizo taxonomías de mujeres, supongo porque era evidente donde quedaría ella. Son clichés, claro, vomitivos clichés diseñados como virus para impedir cualquier entendimiento.
María la Salvaje, una compañera de celda y toda una líder en la cárcel decía con sus palabras y sus gestos de machetera que las mujeres solemos montarnos nuestras historias para creer que dentro de ellos hay otra cosa más glamurosa. Chupamos su polla para que salga el humúnculo que se esconde detrás de toda esa grasa. Ella, medio en serio medio en broma lo decía así: "Les corté a pedazos para buscar a ver y no encontré a nadie dentro" Mató a cinco desgraciados en un prostíbulo. Era toda una lideresa y se la respetaba de verdad.

El Adversario I

El Adversario mueve la cabeza a izquierda y derecha y empieza el baile de las cosas negadas. Para cuando su veneno llega al corazón los amigos ya no se reconocen.
El Adversario te acorrala en ti mismo. Te paraliza en tus contradicciones. Te agota en tus justificaciones. No hay muralla que le detenga ni arma que le haga daño. Él levanta las barreras, él carga las armas. No quiere matarnos, ni siquiera desea hacernos mal, lo que quiere es darnos la ocasión propicia para que lo hagamos nosotros. Mata a los justos para incitar a los necios, protege los pasos de la desdicha, él es la máscara, el espejo. Su soledad fundamental le obliga a invitarnos a su casa.
Si comentemos el error de reducir el mundo a nuestra vida es fácil quedar indefensos ante su omnipotencia sobre lo aparente. ¿Cómo no va a dominar él el espectáculo? ¿Quién si no es capaz de producir pavor? ¿De mostrar lo malo? ¿De anunciar la ruina? Sólo la virtud nos protege. Y su búsqueda es un derecho que no nos puede arrebatar. Sólo se vence al mal con el bien.
Es fácil provocar en las personas indefensión, y esa indefensión conduce de forma natural al miedo, a la incertidumbre y la pasividad. A veces empieza con crueldad, no martiriza al inocente si no es para provocar a otro con más potencial un estado de ánimo nihilista donde pueda explayar con naturalidad las miserias que ha ido reprimiendo. Es un relámpago, una chispa en la caverna de nuestro ser que prende los vapores que lo que está podrido en nosotros ha ido desprendiendo.
Conoce la dinámica de nuestros sentimientos mejor que cualquiera, por ejemplo: la fragilidad sin humildad lleva a la frustración, el orgullo enmascara la debilidad expresando el pánico como rabia, la rabia rebasa como ira. La vergüenza de la culpa es transformada por el orgullo en desprecio hacia uno, y un arrogante no se desprecia a sí mismo sin despreciar a los demás. Este desprecio se une con la ira en la agresión. El daño al otro produce vergüenza, más rabia, más ira, más daño. Hasta que sólo se quiere acabar, acabar con todo.
No es verdad que el mejor truco del demonio sea que creamos que no existe: su mejor truco es que queramos que no exista. La modernidad no ayuda a enfrentarnos a esto. En París hay tal afición a la perversión bien argumentada que se han concebido más maneras de negar la humanidad que formas de preparar el queso. Fanáticos profesionales proclaman que el universo es la nada en expansión. Hechiceros de una religión nihilista y oscura intervienen en cada aspecto de la vida para moldear un ciudadano miserable, ignorante a la par que dependiente y miedica, dispuesto a negar cualquier cosa que le incomode o le inquiete, movido exclusivamente por la inercia, andando a tientas por miedo de ver el precipicio. El miserable hombre moderno se ha externalizado y ya no se conoce a sí mismo, ni siquiera concibe esa opción. Recién abandona la infancia se abandona a la corriente que le empuje. Para el hombre integrado parece que a priori todo vale y por lo tanto nada vale y todo da igual. Es un fraude, un simulacro, una cáscara y por eso está dispuesto a enloquecer de furia ante el mínimo reproche. Porque sabe que si deja de negar su culpa podrá ver dentro de sí. Y ver ese vacío da mucho miedo. Viviendo para no morir, mueren.

Pero no quiero con esto reducir el Demonio a lo psíquico. Plantear el mal como un instrumento cultural sería un disparate y una irresponsabilidad. La psique humana le sirve de ventana tanto como de puerta. Podemos ser su expresión como podemos ser la expresión de la divinidad. No somos otro cuando habla por nuestros actos, ni es nosotros cuando nos lo encontramos, pero no podemos referirnos a él sin referirnos a nosotros mismos.

El Oficio de las Sombras

El modelo que no hace mucho me servía como descripción del cosmos se hace pequeño amenazando con desaparecer. Nunca creí habitar ese mapa ilusorio, siempre supe de algo más, algo en realidad intuido que era motor esencial de mi voluntad, un territorio fundamental en el que me movía como un sonámbulo que despierto, duerme.

El poder de esa concepción simplista era su coherencia y su previsibilidad: dibujaba un mundo comprensible y manipulable en el que los viajes se podían hacer con relativa seguridad siempre y cuando conocieras las leyes que lo regían. Y yo las conocía. Aun así insisto: siempre fui consciente de mi ceguera, aunque nunca sospeché que iba a ser tan consciente del más allá.
Si bien esa anticuada representación era de un mundo triste comparado con la estrella que habito, no pierde su valor al dar fundamento teórico a una técnica -un arte- que me permite relacionarme con el mundo de una forma distinta a la habitual. Conforme me adentro en el misterio, esta técnica me parece más tosca, una sombra de otra forma de relacionarse con el mundo a un nivel muchísimo más íntimo de lo que puedo imaginar. Si antes yo era el demiurgo de un medio cuyas leyes conocía a la perfección, ahora soy poco más que un ilusionista que juega con las sombras. Me tienta la idea de crear otro modelo, cultivar otro arte, hacer otra magia, tal vez la verdadera magia, pero todo mi ser se niega en redondo: si manipulando los objetos de la mente me he visto cerca del precipicio, no puedo ni imaginar las consecuencias de mover hilos que implican potencias superiores. Esta ignorante que os habla conoce sus límites y aun así quién sabe si algún día terminará ahorcada por los hilos de sus marionetas.

Y es que siento cómo día a día el mundo engrandece ante mis ojos y el mapa que antes dibujaba casi cada línea de costa, casi cada camino, ahora está lleno de continentes sin forma definida, de dibujos de ángeles soplando nuevos vientos, de serpientes marinas que ordenan las corrientes subterráneas, de enigmas escritos por sabios, de advertencias: “más allá de aquí hay dragones”
El intelecto es criatura de otra dimensión, deformado hasta parecer plano en la lente obtusa del materialismo. A través de esa mirada luminosa contemplo el mundo a veces con una alegría que me colma, otras con vértigo y horror. Ha sido como descubrir una ventana en la habitación que había sido tomada por un cuadro en el que figuraba un paisaje imaginario y que un día descubres que el aire que en verdad te mantiene vivo es el que entra desde ese paisaje, más real que tu propio cuarto. A veces contemplo esa ventana tan llena de emoción que siento un éxtasis inconfesable; otras tengo miedo y me siento como el típico personaje de Lovcraft que descubre en el sótano de su ruinosa mansión un umbral a lo más profundo de la oscuridad donde habita un ser abisal capaz de sentir una locura parecida a la curiosidad. El personaje tiene la certeza de que si ese ser alcanza su mundo su mente no lo soportará y aun así no puede dejar de saber que el umbral existe.

Pero ese acercamiento a la verdad que he vivido en los últimos meses no es incompatible con el oficio de aplicar una técnica que es fundamentalmente mental. Es más, ahora me veo capaz de hacer un uso trascendente de ese arte extraño –como se hace en los oficios de verdad como la ebanistería, que es alimento para el alma- y me he quitado un peso de encima al quedar patente mi insignificancia de titiritero. De hecho, sin esa consciencia de lo trascendente, sin ese temor reverencial hacia lo sagrado, ese oficio de las sombras es el más peligroso del mundo, ya que si tus pies pierden contacto con el Espíritu es más bien fácil perder tu alma enganchada -como una camisa blanca y delicada hecha jirones- en la rama de un árbol que se secó hace tiempo.

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Aníbal

Hace veinte días que no sabemos de Aníbal. Partió con Charo, Gabriel y Ariel y desaparecieron literalmente del mapa. Una semana antes de desaparecer le pedí que se casara conmigo y aceptó.

Aníbal… hasta él acaba pareciendo normal, así es la realidad, todo le cabe.

Tiene nombre de perro grande de extrarradio, ni siquiera se si se lo puso su madre, él mismo o sus primos de Honduras. Su cabeza se parece a la de de un Moái con la nariz rota, o serrada, no se, rara. Su mirada es agresiva y muy macha, hace poco mató a un secuestrador de un ataque al corazón con sólo mirarle, no era su intención asustarlo tanto, pero a Aníbal la gente se le rompe. Después envió el dinero del rescate a la familia del fallecido, genial. Mide dos metros veinte de alto y debe pesar doscientos quilos de músculo. Viste mortajas porque es la única ropa con la que puede cruzar al mundo de los espíritus. Nadie ha tenido valor de preguntarle de donde saca muertos de su tamaño.

Su disfraz de adulto es patético. Le encanta ir en plan Richard Branson y aprovecha la mínima ocasión para bajarse de un helicóptero con un cable o saltar con paracaídas desde un avión militar. Tiene un jet privado –que a veces utilizo para mis viajes y los de mi equipo de fútbol- y no deja pasar la oportunidad de dar órdenes sin reparar en gastos desde sus móviles de última generación con auriculares y micrófono de solapa, que no le pegan ni con cola. En realidad le importan poco o nada las cosas, lo se porque he esquilmado su tarjeta de crédito desde que le conocimos. Una forma de cuidar a la gente que le cae bien es tenerla en nómina; intenta subordinar a todo el que encuentra y dar órdenes fáciles de cumplir, pero nadie le hace caso, y él no insiste, ni se impone. Le gusta ser pesimista y va de tontito pero es muy inteligente. Junto a Pola y Julius, es el único que piensa de verdad en lo que está ocurriendo. A buenas se le convence con facilidad porque confía más en sus amigos íntimos que en él, especialmente en Charo, que es algo así como su madrastra y con la que mantiene una relación perro callejero-vagabunda la mar de arquetípica.

Tiene una mente utilitarista, algo absurdo para un chamán como él. Por ejemplo, ha llegado a afirmar que es suficiente con perdonarse a sí mismo para resultar absuelto de un pecado, que es lo mismo como decir que el infierno es un nicho psíquico en el que los que se sienten culpables hacen cursos de autoestima. En realidad ocurre que cuando encuentra algo que le da de verdad miedo su primera reacción es intentar negarlo y le da infinita rabia fallarnos, por lo que es capaz de ocultar su vergüenza haciéndola pasar por orgullo. Parece mentira que alguien así, que se transforma en un espíritu monstruoso que tira fuego por la boca y por los ojos sea tan mariquita.

Cuando se aburre se vuelve juguetón, y puede portarse como un mimado chantajista. Un día se transformó en lobo –insiste hasta el aburrimiento en intentar parecer un perro, pero apenas parece un lobo- para olisquear a una amiga que había llevado a casa. Se asustó tanto la pobre que tuve que hipnotizarla para evitar un trauma, aunque le ha quedado un justificado terror a los perros. A menudo hay que cortarle un poco el rollo –apelando a su responsabilidad en protegernos- para que no salga corriendo a hacer cualquier cosa que se le ocurre–vigilar, hostigar, lo que sea. Esa aptitud de animal depredador entreteniéndose ha causado más de una desgracia. Cosas terribles que Eugene ha sabido aprovechar. El miedo de Aníbal, más que acabar en manos de Eugene, es acabar haciéndonos daño. El verdadero peligro es que Aníbal, en su afán de ser normal parece un humano con poderes. Pero, lo quiera o no, es también un daimón, un monstruo. Y mientras que no acepte eso no podrá conocerse de verdad, y cambiar lo que no le guste.

Pero Aníbal, además de un crío y un monstruo es también un hombre delicado que ama la belleza y trata con mimo exquisito las cosas pequeñas. Es talentoso y voluntarioso. Fue fácil que me ayudara en el taller, allí era siempre tranquilo, siempre centrado. En la artesanía Aníbal se encuentra de verdad con su espíritu. Todas las mañanas dedicamos varias horas al oficio de la ebanistería, y luego él sigue en la fragua de herrero. Allí todo es un perfecto ritual.

Solo era cuestión de tiempo; en el último mes ha empezado a ligar espíritus a sus obras, se encierra sólo y les pide sus favores, les embelesa con formas y materias adecuados o los obliga. Y él se vincula, como un espíritu más. No lo sabe –no es para nada un hombre de teoría- pero el camino que ha encontrado es el de la alquimia.

Fue en el taller donde le conocí de verdad y me enamoré de él en serio. Creo que todo va a salir bien. Pero tenemos mucho trabajo que hacer. Mucho.

El principio del Arte

Es sin duda un mal momento. Siempre ha sido un mal momento.
Yo estuve el once de septiembre del año 2001 en NY, me enteré por la TV en un bar a sólo unas cuantas manzanas de la “zona cero”. Corrí y corrí hasta reventar, faltaba cruzar un puente cuando la primera torre se hundió.
Sabía que ese osado truco de hipnosis llegaría a todo el mundo, que la magia de su parafernalia afectaría al Inconsciente Colectivo. El mensaje -que en este mundo de zombies es sinónimo de orden- dictaba un cambio de ciclo. Me sentí como un caballero capaz de enfrentarse al dragón, inmune a las armas del resto a los que torra con su fuego; ese ser al que conocía entonces con el nombre de Espectáculo movía su boca de amianto vaporizado diciendo:

“Tengo una cabeza por cada ángel
y una pena por cada niño.
Ahora que habéis olvidado quienes sois
os conozco mejor que vosotros
a vosotros mismos,
y con todo el poder
de vuestra imaginación
vengo a provocar el fin
de la raza humana,
que no será con fuego
ni con enfermedades,
ni meteoritos ni sequías,
ni virus fuera de control,
será un fin mayor que ése.
De vosotros dejaré sólo un eco
en el que no sentiréis más que nada,
la sensación que provoca la ausencia de
algo antaño universal,
mañana inasequible.
Vengo a comerme vuestra alma,
cuando acabe con vosotros,
seréis fantasmas sin otro aliento
que mi miedo”

Luego vinieron las compras por patriotismo.
Un día de resaca me crucé con una mujer delgada y envejecida a causa de las cremas, sonreía con esfuerzo constante, su parar era tenso como el de esos perros indignos que parecen ratas. La imaginé con cáncer, muriéndose, el veneno crecía en su sangre a cada paso que daba. Algún día –le dije sin más- no podrás mantener esa sonrisa. No me causa demasiado reparo hacerle un feo a nadie pero noté el veneno en mí, a cada paso también se acumulaba en mi sangre. Algún día –pensé- no podrás mantener esta fachada. Decidí que había que hacer algo, que había que luchar para seguir siendo humano.
Al principio sólo fueron manifestaciones, cosas pequeñas, ciudadanistas, sin ningún peligro real. Eran como paralelas al otro espectáculo -el alterspectáculo, le llamábamos-, sabíamos que sólo reaccionábamos y que el sistema intentaba utilizar nuestras acciones. Ya estaba harta de esa farsa cuando me detuvieron por primera vez, después de sitiar el edificio que utilizábamos como cuartel general. Habíamos conseguido grabaciones de palizas y varios asesinatos policiales a sangre fría. Entraron a sangre y fuego y se nos llevaron en furgones: el espectáculo de la represión, ese era el resultado. Todo el juego estaba amañado, había que hacer otra cosa que no pasara por la digestión de la bestia. Algo de verdad original. Un Arte.